lunes, 1 de abril de 2013

UN DÍA DE CLASE EN LA ESCUELA “EL ALGARROBO”

                                     


 A las siete de la mañana sonaba el despertador. Entonces se oía la voz de mi padre, que  me gritaba: ¡Luis, Luis, que ya es la hora!

 Para mí aquel momento, repetido todos los días, era un martirio. Muerto de sueño  y con los ojos aún cerrados y legañosos, pensaba: "¡Pero si acabo de acostarme! ¿Cómo es posible que haya amanecido tan pronto? En aquellos años, mi inconsciente juventud me impedía comprender que podía dormir hasta veinte horas sin inmutarme.

Totalmente en ayunas, pasaba al aseo matinal. Con tiento y precaución, mojaba los dedos en agua, los secaba con una toalla y, tembloroso, me los pasaba por las cejas. ¡Pensaba que me iba a ahogar en aquel exceso de líquido!

Fuera, se oía el ir y venir de los labradores que, juntos a sus mulos, pasaban por la calle, repiqueteando en las piedras de la empinada cuesta su ya tan familiar melodía. Con los libros bajo el brazo, abría la puerta de la calle, aún inmersa en la penumbra,  y me sumergía en ella. Durante el trayecto que recorría en soledad, mis ojos se dirigían al cielo y contemplaba con absoluta satisfacción todo un tapiz de estrellas brillantes, que me cautivaba. Siempre me gustó la Astronomía.

Ilusionado por ir a aprender, ponía los pies sobre el empedrado de la calle y comenzaba a caminar hacia las Cuatro Esquinas. Casi siempre me precedían dos o tres mulos y el agricultor que tiraba de la reata. Entonces me centraba en observar los pasos que daban aquellos gigantescos animales (a mí me parecían enormes). Siempre esperaba a que sus patas resbalaran para contemplar un arco de chispas anaranjadas que, enseguida, se desvanecían. Las herraduras se escurrían sobre las piedras y el espectáculo estaba garantizado. Y seguía mirando con la esperanza de que un nuevo patinazo de las bestias volviera a repetir tan efímero espectáculo. Duraba poco, de tres a cuatro segundos. Lo suficiente. Menos es nada.

Cuando llegaba al cruce con la Carrera, sólo una bombilla quejumbrosa, llorona, se movía por el viento en el vértice de la esquina derecha. Emitía un sonido desagradable, molesto. Era como un “quejío”, una forma de expresar su pena por llevar ardiendo y en vela toda la noche. Esperaba ansiosa que, a las ocho de la mañana, el electricista Ortega apagara el alumbrado público y acabara con su lamento. Ya a esa altura de la calle, iban apareciendo mis compañeros de fatigas. Confluíamos desde la calle Villalba, Marbella y Carrera-Campanilla. Los veía caminar con mi mismo entusiasmo. Y compartíamos también la misma obsesión. Nuestros olfatos esnifaban el aire como si estuviésemos desesperados por aspirar el olor  a tabaco.


              -¿Huele a Bisonte?- preguntaba uno.
               -¿Huele a 3 Carabelas?-preguntaba otro.

 Si no captábamos aquel delicioso olor, entonces seguíamos subiendo hacia la plaza, a ralentí.

 -Tista Barona no ha pasado todavía- decíamos todos a coro, con la esperanza de que viniera detrás.

Si  detectábamos el aroma a tabaco rubio, era una señal inequívoca de que había pasado, y entonces nuestros pies se movían presurosos a la busca y captura de nuestro querido e inolvidable compañero. Siempre llevaba un cigarrillo entre los dedos y un paquete en el bolsillo. Y nosotros ansiábamos  una simple calada. La conseguíamos. Era la recompensa a nuestra veloz carrera. ¡Qué poco se necesita para ser feliz!


A  la altura de los bares “Los Caballitos”, “Sevillano” y “Carlos”, veíamos los mulos atados en las argollas del exterior. No paraban de mover la cola y golpear el suelo con las herraduras. Algunos de aquellos animales parecía que pensaban. Movían la cabeza de abajo arriba y de izquierda a derecha. Yo estaba deseando que alguien abriera la puerta del bar de Carlos, para poder olisquear una mezcla maravillosa de aguardiente, café del bueno y humo de tabaco.Entonces en las casas se solía tomar “malta”, o sea, cebada tostada, que no tenía sabor ni me gustaba. La marca que anunciaba la radio era “Macay”.

Una vez que dejábamos atrás la entrada al Llano, emprendíamos la subida por la calle San Fernando, pasábamos por la puerta de la ermita de San Bartolomé y cogíamos la directa hasta la escuela. Allí  nos esperaban  las mesas y los bancos alargados de nuestra particular “galera”. A medida que la clase se llenaba, los tempranos murmullos iban convirtiéndose  en voces, que acompañaban el vuelo de alguna que otra cartera, a la que  veía pasar por encima de mi cabeza. Volando, sí, volando. La esquivaba como podía y me centraba en mi afición favorita: conocer el destinatario del aterrizaje. Nunca pasó nada y, a nuestra manera, lo pasábamos bien. Los muchachos de entonces no necesitábamos algodones entre los que cobijarnos. Sabíamos bien cómo defendernos o ponernos en pie tras algún descalabro.


Aquella escuela estaba dotada con el mejor de los servicios: en plena naturaleza y a cielo raso. Estos lavabos públicos tenían un nombre, ¡cómo no! Se llamaban La Mancha y estaban al pie del Tajo de El Algarrobo. Allí, en una bocacalle por donde se accedía al Tajo, salíamos los varones a verter aguas menores. Es decir, a la noble acción de “mear”. Nuestro sentido de la solidaridad era tal que, para hacerlo, nos poníamos en un corrillo de dos, tres, cuatro o más, y apuntábamos a un lugar muy concreto del suelo. De  recibir los “pis solidarios”, se había formado una mancha redonda y oscura en la tierra, que disfrutaba de nuestra humedad. La misión de todos era que el tono del color no decayera un ápice. Teníamos que regarla con afición y empeño.



Cuando se incorporaba el Maestro a clase, siempre examinábamos su rostro. Nos bastaba  una décima de segundo. El objetivo era detectar su humor y proceder en consecuencia. De poco nos servía nuestra estrategia, porque él era firme de carácter y no se andaba con tonterías. Sabía bien cómo dirigirnos y controlarnos. ¡Era un gran hombre!

Como íbamos todos en ayunas, pronto nuestros estómagos comenzaban a exigir “algo”, pero no había nada que echarles. Las notas musicales “triperas” iniciaban su concierto. Entonces llegaba el momento cumbre. Estrella, la esposa del Maestro, bajaba dos o tres escalones con una bandeja en la mano. Nuestros ojos radiografiaban su contenido: un tazón de rico café con leche y tres magdalenas ¿Quién ha visto semejante maravilla? ¡Qué color! Morenitas y cubiertas por un circulito de azúcar! ¡Qué delicia!  Nadie puede llegar a imaginar  lo que valía aquel sencillo desayuno. No tenía precio y nosotros mucha hambre. Cada vez que me acuerdo se me escapan dos lagrimones enormes. ¿Cómo se puede llegar a desear tanto “pegar un “bocao””, un “bocadito chiquitito” nada más, a aquellas delicias? Eso era lo único que ansiábamos, en el sentido  más exacto del verbo “ansiar”.

Como la dicha no podía ser completa, mientras Don Francisco desayunaba nos iba llamando, por cursos, uno a uno.

-A ver, ¿no viene nadie a dar la lección? ¡Los de Primero, vengan para acá!

Estábamos “acongojados” ya que, si no nos la sabíamos, nos jugábamos la posibilidad de ir o no ir a nuestras casas a desayunar. Los que se quedaban castigados no podían disponer de media hora para tomar algo en casa. Llegado el caso, rogábamos a los que habían tenido la suerte de superar la prueba que se acordaran de nosotros. Y se acordaban ¡claro!, pero sólo del “olvido”. No nos daban nada, ni siquiera las migajas. Y nuestros estómagos seguían en la más absoluta viudedad hasta la hora de almorzar. Con el tiempo he comprendido que al cuerpo le viene bien practicar la abstinencia, porque siempre fueron malos los excesos (¡si lo sabré yo!),  pero entonces  la abstinencia era una auténtico martirio.

Como nota simpática, recuerdo que alguien llevó un día un trozo de “pandehigo”. Yo tenía la “suerte” de estar castigado. Todos los que corrimos igual suerte mirábamos aquel trocito de manjar con los ojos llorosos. De pronto, uno se apoderó de la “comidita” y le “pegó” un bocado que por poco se lleva los dedos por delante. Cuando retiró el resto de su boca, observamos que estaba comiendo gusanos.  Proteínas al fin y al cabo ¡Hasta los gusanos debían estar ricos para unos estómagos tan desolados!

A mediodía íbamos a comer, aunque no siempre. Dependía de nuestra aplicación y acierto en “decir la lección”. Más tarde, a partir de las 15:00 ó 15:30, reanudábamos las tareas hasta las 19:30 ó 20:00 horas. Más o menos ese era el horario establecido.

Don Francisco Cañete López  era un trabajador infatigable. Tenía una formación extraordinaria, a pesar de que no estaba titulado en Magisterio. Es más, sus clases eran “clandestinas”. Una cosa que engrandece más su imagen es que él estudiaba Magisterio al mismo tiempo que impartía clases. Ninguna materia lo arredraba, aunque dominaba a fondo las matemáticas.  No tenía la certeza de aprobar ya que, por determinadas razones de índole política, no confiaba en acceder al escalafón de Maestros.

Era un hombre querido y respetado por todos. Al final de su vida, cuando parecía que todo le sonreía, después de haber recibido el título oficial de  maestro y haber obtenido plaza en Luque  como Profesor de Adultos, se puso enfermo, y en una semana su vida se terminó. Una mañana oí que sonaba el “esquilón” de la iglesia. Sonaba con una música triste y dolorida… Escuché a  mi padre que hablaba con alguien en la puerta de mi casa y lo entendí. ¡ El maestro del Algarrobo había muerto!

Muchos compañeros nos reunimos en el campo de fútbol del “Terraplén”. No había otro.  Allí lo despedimos. Teníamos la sensación de habernos quedado huérfanos.

 Pero la vida siguió. Y un grupo de maestros, antiguos alumnos de Don Francisco, decidieron  crear una academia en la sacristía de la Iglesia de la Aurora. Allí proseguí mis estudios y pude obtener mi título de Bachiller Elemental. Me enteré en el bar de Ricardo. Estaban dando los números de los que habían aprobado la Reválida y oí el número 164. ¡Era el mío! La emisora creo que era “Radio Cabra”. Mi padre, casualmente, se encontraba en ese bar y me acerqué. Me acarició la cabeza y no dijo nada. No hacía falta. Estaba contento.

Lo celebramos tomando unos vinos. Pocos. No teníamos dinero. Presumíamos al saber que, con tan sólo dieciséis años, ya teníamos tratamiento de “DON”. Nos reíamos y nos llegamos a sentir importantes. Otra etapa de la vida comenzaba.

En Zaragoza, a 26 de enero de 2013




4 comentarios:

  1. Hola Luis, soy Esther Cañete, la hija de Marcos y nieta de Francisco Cañete. Me emociona conocer más sobre mi abuelo gracias a tu blog. Ahora he descubierto de dónde me viene mi gusto por las magdalenas! Mil gracias en nombre de mi padre por las palabras de cariño.

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  2. Hola Esther, me das mucha alegría por saber que existes, que eres hija de Marcos. Pues sí, tu abuelo fue un gran hombre, una persona muy trabajadora. Estoy orgulloso de haber sido alumno suyo, pocos maestros ha habido y habrá como EL MAESTRO. Yo siempre lo escribo con mayúscula porque para mi, sólo ha existido ese SABIO que fue tu abuelo.
    Querida Esther, saluda a tu padre y a tu familia. Para mi ya eres una persona querida, representas parte de mi historia. Desde ya, cuando recuerde a tu abuelo, te recordaré y cuando te recuerde, recordaré a tu abuelo.
    Tus tíos Antonio, Francisco y demás, forman parte de mi familia luqueña, mis amigos, compañeros de estudios, y las calles Algarrobo, Prado, Villalba y La Fuente, me hacen revivir momentos inolvidables,.
    Esther, estoy emocionado por tus palabras. Cuando quieras me escribes algo. En fbook me encontrarás por Luis Gómez de Avellaneda.
    Un abrazo.

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  3. Que ironias tiene la vida!!
    Después de cuarenta y un años fuera de (LUQUE) mi pueblo, he vuelto este año y he podido disfrutar de todo una semana, de la tranquilidad y transformación de mi pueblo, nos hemos alojado en casa de un familiar en la Carrera frente a la casa de los hermanos López y después de cenar salíamos mi mujer (Mª Luisa) y yó a callejear y recorrer la calles de LUQUE, a medida que íbamos pasando por sitios que de niño solia visitar la emoción me invadia explicando a mi mujer, pequeños detalles de todo lo que veia y los recuerdos que se venia a mi mente, sobre todo cuando pasamos por la calle Alamos dende nací, calle Villalba donde vivia antes de salir del pueblo,un poco mas abajo de los hermanos Francisco y José Aledo, hijos del droguero, calle Campanilla donde viví de pequeñito, las cuatro esquinas con toda la historia que tiene ese cruce de calles con la fuente, la hermita de la Aurora etc. subia por la calle Marbella y decia "mira en esta casa vivia un amigo mio y compañero de la escuela del algarrobo, Luis Gil Amores, su padre era brigada y mas tarde fué "creo" Juez de paz, subiamos por la calle Berrajalos, la hermita de San Bartolomé, calle del Algarrobo y por fin llegamos a la antigua escuela del Algarrobo llegamos a la puerta y habia varias personas tomando el fresco como antaño y explicaba a mi mujer todos los pormenores del interior de la escuela y aquellas pesonas al oirme hablar con tanta propiedad se interesaron e iniciamos una amena conversacion llena de recuerdos.
    Por eso, al regrasar de esos dias de relax he visitado por internet todos los sitios y paginas WEB que pudiera visitar para empaparme de todo lo referente a Luque y que durante todos estos años me he perdido y es así como casualmente puse en el busacor "escuela del Algarrobo" y apareció ante mis ojos "UN DIA DE CLASE EN LA ESCUELA DEL ALGARROBO" era tu blog y a medida que iba leyendo me iba emocionando, no podia creer que estuviera leyendo una vivencia de un compañero de clase y la verdad que ha sido muy bonito y emocionante
    Por tu blog he sabido la falta de varios compañeros entre ellos Francisquito que he reconocido en las fotos que publicas en tu blog, era un gran chico, me acuerdo de Fco. Ruiz Malo, Jose Luna, los Aledo Garcia Etc.
    Quizás no me recuerdas porque yo sali de Luque con trece o catorce años habiamos hecho segundo de bachiller y mi ilusión era venir a Barcelona que estaba mi famila por parte de mi madre y no queria que yo trabajara en el campo o en "Yesar" (Fabrica de lleso) que trabajaba mi padre así que me vine en busca de otros horizontes. Mi nombre es
    José Cañete Rabadán, quizás no te diga nada porque en aquellos entoces todo el mundo me llamaba Pepe o Pepillo, yo si me acuerdo de todos.
    Ha sido una satisfacción y una gran alegria volver a saber de tí y recordar aquellos tiempos tan felices.
    Un fuerte abrazo compañero.
    en Facebook me puedes encontrar por mi nombre completo

    Posdata: Todo lo referente al dia de escuela lo suscribo lo estaba leyendo y lo estaba viviendo. garcias







    9

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  4. Hola Luis, soy hija de Francisco de Paula Cañete López. Ese Francisco del que hablas debia ser mi tio, pues mi padre contaba que cuando nació lo llevaron a bautizar y mi abuela Dulcenombre les preguntó que nombre le habian puesto y cuando le dijeron que Francisco tuvieron que ir y añadirle de Paula porque tenia el hijo mayor que ya se llamaba asi. Siempre le llamaron Pablo. Mi padre contaba que su hermano mayor habia sido maestro. Luego se fueron a Baena y desde alli a Andorra (Teruel). No contaba muchas cosas. Así los hermanos se fueron separando e incluso tengo familia que ni siquiera conozco.
    Me ha alegrado leer tu relato. Yo llevé a mi madre a Luque en el año 86 y me encantó.
    Gracias

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